
Mientras me sumerjo en el aroma restaurador del
Café Inglés de
Torremora (un
touch de Baileys, crema, omito ponerle canela y abrazo el chocolate rayado) comienzo a preguntarme qué es lo que me atrae tanto de
Kate Mara. La actriz norteamericana de treinta años, volvió a
presentárseme (creo que vale el neologismo, sino...doesn´t matter, es mi blog y escribo
lo que quiero y
cómo quiero, no?) en
House of Cards, la brillante realización de Netflix.
Ya había visto a la actriz en la épica
Ironclad (junto a un James Purefoy demasiado noble para los que ya nos acostumbramos a su encarnación como
Joe Carrol de
The Following), y me fascinó. Como sea...dueña de una exótica belleza, Mara se mete en la piel de
Zoe Barnes, la aficionada periodista del
Washington Post que, rápidamente, y de la mano sombría del Congresista Francis Underwood (Kevin Spacey en el cénit de su maquiavélica ironía) trepará hacia nuevas mesetas del poder mediático americano. No imagino otra actriz en ese roll, por momentos filtrando inseguridad, por momentos trasluciendo una sólida inteligencia, pero siempre posicionándose en los fatídicos peldaños de la
cadena alimentaria del distrito federal de USA. No se si, justamente, es su vulnerabilidad la que seduce (no descarto su belleza), más me es prácticamente imposible no reparar en ella. Ya casi son las 10 de la noche, afuera el frío sigue su curso ventoso e invisible en las coyunturas de las cosas quietas. Mañana será otro día; me restarán nada más que siete jornadas para cumplir treinta y ocho años. Mientras escribo, el café sigue caliente (es una bendición)
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